Se acabó eso de escupir cada noche
el verso que me sobra.
Aunque la locura sea la fragancia
que nos envuelve,
y nuestros gemidos espejos
de una brisa que nos libera.
Golpeo tu atardecer inacabado,
etiqueto tu piel con mis besos,
te nombro silenciosa en lo profano,
y aun así te voy a olvidar.
Me he vendido efímera a lo lejos
por si el ruido te atormentaba,
y nuestros espejos se han roto
por gritar versos que me faltaban.
Hoy ya no te necesito;
tal vez, tampoco mañana.
Puede que un día regrese volando
y tú ya hayas perdido las alas...








